Púdrete, querido.

Me cansé de tus desplantes. Ya no quiero que cierres la puerta mientras te hablo o, peor aún, que la dejes abierta y me ignores. De llegar cada día a casa, saludar con una sonrisa y no recibir nada más que un asentimiento de tu cabeza. ¿Ni siquiera puedes alzar la mano? A veces creo que lo tuyo es un reflejo condicionado. Que, al verme llegar, tu cabeza se mueve sabiendo que yo habré de quejarme si no te viese interesado.

Pienso demasiado en eso, incluso cuando no debo. Cuando alguien más me abraza, me pregunto por qué tú no lo haces. Aquel primer encuentro dijiste que estarías ahí conmigo, a mi lado, que no me soltarías de entre tus brazos salvo para dejarme volar. Pero lo tuyo, más que un aprecio por mi libertad es una patada de indiferencia aderezada con un poco de molestia, decidía y maldad: de no saber si acabar de mandarme al demonio o fingir alegría ante mi presencia. Pero no veo ninguna, sea no cual sea.

Entonces decido afrontarte. Me armo de valor. Tomo café, coca y un vaso de jugo. Necesito energía, los ojos bien abiertos y el coraje suficiente para no irme incluso si decides gritarme. Pero no lo haces. Ni siquiera respondes. Sólo una miserable sonrisa.

Saber que me hierbe la sangre apenas te veo me es insoportable. Quiero golpearte. Deseo tomarte entre esas manos que dijiste que agradecías por el cariño que te daban y estrellarte contra la pared. Estampar tu rostro hasta desfigurarlo. Quizá así decidas dejar de asentir con esa petulante sonrisa a medio coser. Porque he pensado ya tantas veces en romperte la boca a puñetazos, porque quizá solo así podría ver en tu cara una emoción genuina ante mí, incluso un escupitajo. Pienso en convertir todo ese silencio en llanto, y esa indiferencia en cualquier otra emoción. La que sea. Ya no importa.

Luego dudo, un segundo. Vuelvo a verte, esperando que hagas algo distinto, pero ya no puedo esperar. Apenas te giras de nuevo sé lo que harás. No tienes remedio. Entonces dejo de imaginarlo, y lo hago.

Fotografía: the last look at a dying man, Kavan the kid.

Anuncios

2 comentarios sobre “Púdrete, querido.

  1. Qué siniestro, siento que llevas a un nuevo nivel la frase esa “del amor al odio hay un solo paso”. Va, la frase en realidad va al revés, pero qué importa. Tu texto es doloroso, la frustración de un amor podrido me lamió toda la cara y hasta me siento intoxicada. Lo más maravilloso es que incluso cuando narras cosas tan negras, lo haces de forma hermosa. Un abrazo, Dany !

    Le gusta a 1 persona

    1. Justo así me sentí al escribirlo, aunque no me di cuenta sino hasta que tú lo dijiste. Hastiado, dolido, frustrado. No por la misma razón que la protagonista, pero da un poco igual en esto de las letras. Me alegra que te parezca hermosa la forma en que lo hice, a veces – como el otro texto que tú ya leíste -, siento que cuando decido dar rienda suelta a las emociones fuertes, puedo terminar descuidando un poco la forma en que uso el lenguaje. Es bueno saber que no fue el caso.
      Un abrazo, Rosa!

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s