La llamada

Publicado en Revista Cultural Contrasentido (Febrero, 2015.)

Para mi mala suerte crecí rodeada de hombres con el rostro acicalado, abdomen plano y ropa resplandeciente. Odio sentir el hedor a fragancia destilando por sus poros, pero ellos parecen querer acercarse hasta consumirme. Buscan, en el vació de la distancia, algún recoveco en el cuál entrar, infiltrarse y llegar hasta mi cuerpo. Algunos más intentan abrazarme, sin éxito.

Pero un día, mientras caminaba por la ciudad, me topé con algo que no esperaba. De pie junto a una caseta de teléfono estaba un chico de pantalón raído, de curvas ligeras pero sugerentes y de cabello hasta los hombros. La barba, oscura como la sombra que proyectaba la caseta a plena luz de día, parecía no haberse afeitado en un par de semanas. Llevaba una playera ajustada, y al pasar hasta la otra calle noté como en su espalda se forman dos pequeños bultos a los lados, apenas ocultos por la mochila medio abierta que llevaba consigo.

Parecía molesto. Colgó el teléfono una vez, se retiró unos pasos y volvió buscando algo en sus bolsillos. Monedas, supuse, y estuve en lo correcto. Tomó una vez más el aparato y se lo pegó al oído, con el pie golpeando el suelo una y otra vez, la mirada perdida, con su piel rosando la ropa que se le pegaba al cuerpo.

Decidí que no podía quedarme así, sin decir nada. Debía ofrecerle mi ayuda. Crucé hasta la calle donde él estaba, saqué mi teléfono y caminé lentamente detrás de él. Al principio no pareció notarme, luego, al quedarme a unos pasos, se giró y me miró de arriba abajo, y por un segundo me pareció que la expresión de enojo desapareció de su rostro. Que bella sonrisa, pensé. Colgó una vez más el teléfono y yo, sin moverme, esperé a que él se acercara. No tardó demasiado en hacerlo.

—    Disculpa — me dijo con voz ronca. El sol había golpeado mi piel tanto ese día que me sorprendió sentir aún más calor del que ya de por sí tenía.

—    ¿Sí?

—    ¿Sabes por casualidad donde hay otro teléfono público?

—    Yo — comencé a decirle, mirando esos labios ligeramente gruesos, rodeados por esos vellos negruzcos contrastantes con la relativa palidez de su piel. Sus pestañas, cual abanicos gigantescos, recubrían sus ojos café oscuro, que fijos en los míos parecieron sorprenderse ante mi silencio —. No — dije al fin, y por un momento creí ver desilusión en su rostro —. Pero puedo prestarte mi teléfono, si lo necesitas.

—    No, ¿cómo crees? Así está bien. Buscaré alguno.

—    ¿Para qué? — insistí —. Aquí está. No lo estoy usando, de todos modos.

—    Pues gracias — afirmó sonriendo, y yo pensé que bien valía cada centavo que pudiera gastarse en la llamada, incluso si se robaba el teléfono.

Me aparté un par de pasos para dejarlo hablar, y cuando se dio la vuelta, avancé uno hasta poder escuchar. Él golpeó el suelo una vez más, con la cabeza agachada y mirándome de reojo. Entonces le respondieron.

—    ¿Amor? Hola. Lo siento. Voy algo tarde. Estoy sin teléfono, pero no te desesperes. Sí llego.

Volvió a girarse, de frente hasta mí, extendió su mano y puso el teléfono en la mía. Asintió con su rostro regordete y, moviendo sus labios, dijo algo que no escuché, pero que intuí.

—    Gracias. En verdad.

—    De nada — le dije aturdida. Él sonrió una vez más y se dio la vuelta por completo, moviendo su mochila y alejándose hasta cruzar la calle por donde yo venía. Me quedé parada, pensando, hasta que otro hombre llegó hasta mí, sin notarlo. Tomó el celular y comenzó a correr, y aunque en cualquier otra situación yo habría intentado alcanzarlo, ese día me pareció que no valía la pena, que no quería sostener nunca más ese teléfono. Porque yo supe en el fondo, que al verlo recordaría esos ojos castaños y ese cabello rizado, esos labios suyos y esas manos pequeñas, que por un momento lo sostuvieron—.   Mejor así — me dije, y seguí caminando.

Fotografía: Martin Vlach

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4 comentarios sobre “La llamada

  1. Vaya jaja, qué bonita y a la vez no tan bonita historia. Lo manejas de una manera tal que uno piensa que algo pasará, que será un encuentro mágico con final feliz y de repente cae un balde de agua fría en el momento en el que sabes a quién le está llamando el chico y cómo, por consiguiente, la chica no tiene ninguna posibilidad. Me gustó, creo que vas agudizando esos sentimientos de melancolía, decepción, tristeza sutil que buscas transmitir, y se nota mejor en cada nuevo texto

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    1. Creo que algo que caracteriza las historias que más recordamos (en nuestra propia vida) es precisamente el elemento que rompe con lo que esperamos que pase, eso y (como les comenté en la reunión) las emociones intensas. Esta vez, creo que me decanté por la ruptura más que por lo dramático. Me da gusto que pienses que en cada texto voy mejorando, pues te considero una asidua lectura. Gracias Dany 😀

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